América Latina está enojada

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Por Jorge Ramos.

América Latina está enojadísima.
Así, entre el olvido y el aislacionismo trumpiano, Chile y Ecuador han vivido algunas de las protestas más duras de su corta vida democrática, Bolivia trata de sacudirse otros cinco años más de Evo Morales, Argentina regresa a la izquierda kircheriana, México no ve la salida a la creciente espiral de la narcoviolencia y, por supuesto, hay otros países temblando.

En todo este aparente caos latinoamericano, hay dos tendencias que destacar.

1) La desigualdad. América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo. Sus ricos y no tan ricos están muy separados de sus muchos pobres y no tan pobres. La triste lección es que la democracia es necesaria pero no suficiente. Desde la colonia hasta nuestros días, las economías latinoamericana han estado organizadas para el beneficio de unos pocos. Luego de décadas de gobiernos autoritarios, muchos países -además de elegir a sus líderes con votos- esperaban una época de bienestar económico para todos. No fué así.​

​Esto lo escuché de una joven manifestante chilena: “El pueblo pobre de Chile se levantó porque no aguanta más. Porque quiere agua. Porque nos quitaron los ríos. Porque nos tienen a los jóvenes vendiendo nuestra vida en las calles para pagar unas cuotas miserables. El pueblo de Chile despertó.”

​El presidente chileno, Sebastián Piñera, se disculpó. “Reconozco esta falta de visión y le pido perdón a mis compatriotas”, dijo por televisión nacional. Pero antes ya había sacado a los militares a las calles y establecido un toque de queda; esto ocurrió por primera vez desde la dictadura de Augusto Pinochet.

​Las disculpas después de los tanques y los muertos no suelen ser muy efectivas. “Utilizar a los militares en tareas de policía es siempre una mala idea”, me dijo en una entrevista José Miguel Vivanco, de la organización Human Rights Watch. “Independientemente de la historia que tienen los militares -tanto en Argentina, en Chile y en otros sitios de América latina- el recurrir a militares para reestablecer el orden público es una medida delicada y de alto riesgo.”

​Algo similar ocurrió en Ecuador, donde hubo una sangrienta represión. Naciones Unidas recibió “alegaciones de violaciones a los derechos humanos que habrían cometido fuerzas de seguridad del estado.” La Defensoría del Pueblo informó de una decena de muertos y más de mil heridos en las protestas contra las medidas económicas tomadas por el presidente Lenin Moreno -tras aceptar un polémico préstamo del Fondo Monetario Internacional.

​ La desigualdad no se vence a golpes y disparos.

2) Las protestas y las redes sociales. El dictador venezolano, Nicolás Maduro, se quiso tomar el crédito de las protestas en otros países sudamericanos. “Estamos cumpliendo el plan, Foro de Sao Paulo”, dijo recientemente, refiriéndose al grupo de partidos y organizaciones latinoamericanas que promueven ideas de izquierda. Pero aún queriendo, eso no explica la manifestación de más de un millón de personas en Santiago de Chile ni las marchas en Haiti.

​En realidad, las manifestaciones son producto de los nuevos espacios creados por la democracia; en las dictaduras de Pinochet, de Videla en Argentina o en el México de 1968, los estudiantes fueron masacrados por protestar. Hoy ya no tienen miedo. Pero también las protestas se dan y se organizan gracias a las nuevas tecnologías -desde la internet y las redes sociales hasta el uso omnipresente de los celulares- que logran burlar cualquier intento de control y censura oficial. Los cuadrados mensajes de los gobiernos tienen que competir en Twitter, Instagram y Facebook con la fluidez de millones de videos, fotos y textos que los contradicen. Ya no se puede gobernar si se pierde la legitimidad y la credibilidad en las redes.

​Se acabo la época del silencio y el acomodo. Los latinoamericanos han dejado de callar su descontento. Y ese enojo no se apaga con manguerazos de agua. Se termina el tiempo para escuchar. De nada sirve, por ejemplo, que en Chile se pida perdón si los soldados siguen en las calles y no se cambia la constitución.

​Primero se pierden las redes y luego las calles. El malestar y el enojo son un presagio. Pase lo que pase, las cosas ya no pueden seguir igual.

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