Rafael Pérez Gay: “Mis muertos me visitan a menudo”

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El escritor mexicano Rafael Pérez Gay habla durante una entrevista con EFE, el viernes 8 de septiembre de 2023, en Ciudad de México (México). EFE/ José Méndez

Ciudad de México, 10 sep (EFE).- El escritor mexicano Rafael Pérez Gay reveló este domingo tener comunicación con los seres queridos que abandonaron sus cuerpos, algunos de los cuales son protagonistas de “Todo de cristal”, su más reciente novela.

“Mis muertos me visitan a menudo; los psicoanalistas dirán que debemos hacer los duelos bien hechos o si no se quedan. Yo prefiero que se queden”, confesó el autor en una entrevista con EFE.

Tomado de la mano del niño que fue, en “Todo de Cristal”, Pérez Gay regresa en el tiempo, hace paradas en las 22 casas donde vivió, y recrea la época junto a sus padres fallecidos y sus hermanas, en un ambiente de carencia económica, asumido con un espíritu aventurado desde la inocencia de su corta edad.

“Mis padres vivían con desesperación los agobios financieros; el niño que fui, no. Para él todo era aventura; iba a una escuela pública que era buena y la ciudad le pertenecía porque eran los tiempos cuando los niños y las niñas podían salir a la ciudad, los parques y las calles; si un día había leche, bien; si no había, no importaba”.

La obra, publicada por Seix Barral, escrita con un aire de intimidad, cuenta la emociones del Rafael infantil, cuando fue futbolista callejero, aplaudió al etíope Mamo Wolde en el maratón de los Juegos Olímpicos de 1968 y sintió el dolor en alguna derrota de su equipo de fútbol, el Necaxa, emociones que hilvana con el pasado de la ciudad.

EL LADO FEMENINO, UN ATAJO EN EL CAMINO 

El padre, fuera, y el hermano mayor, estudiante en Alemania, dejaron al pequeño Rafa en manos de mujeres. La madre y tres hermanas educaron al chico ante el susto del padre, quien advertía que, por ponerlo a ver telenovelas, lo iban a volver maricón.

“Los hombres y las mujeres son iguales, pero en la casa de mi infancia, ellas eran más fuertes, más hábiles, más prácticas. Desde entonces mi lado femenino ha sido fundamental, no solo para mis relaciones con las mujeres, sino en las relaciones de trabajo”, acepta.

El libro, de 166 páginas, tiene dos estructuras que se acompañan, la de la memoria personal y la de la memoria colectiva. La personal es de la familia como núcleo y universo donde se pueden contar y narrar muchas cosas y la memoria colectiva, la de la Ciudad de México y el país en finales de los años 60 e inicios de los 70.

Pérez Gay refresca momentos de hace medio siglo y de antes: la construcción del Palacio de Bellas Artes, los programas de televisión de antaño, la corrupción de los políticos, de siempre, la aparición del metro y los eventos deportivos y culturales.

“En casa había siempre dos periódicos sobre la mesa, Excelsior y El Heraldo; esas dos memorias se van cruzando en la vida del narrador. Claro hay que dejar limpio el pasado; bueno no sé si limpio o libre, o con suficiente espacio porque la memoria engaña. No son lo mismo los recuerdos que la memoria”, asegura.

UN FANTASMA CUENTA HISTORIAS 

Un ser sin cuerpo le da al libro una perspectiva de cámara en otro ángulo. Un fantasma lo ve todo y cuenta la vida doble del padre, las vivencias del niño en el barrio y, a pesar de no tener cuerpo, da credibilidad a la prosa.

“Necesitaba un recurso literario que me permitiera alejarme y ese fantasma acompaña a la familia por sus mudanzas, pero también acompaña a mis padres en la oscuridad, con sus agobios financieros, a la hermana. En ese sentido esta novela es un informe de iniciación”.

A los 66 años Rafael Pérez Gay ajusta cuentas con el pasado y cierra la obra con una cita del escritor Joseph Heller: “He llegado por fin a lo que quería ser de mayor, un niño”.

El niño es hoy un adulto de barba cana que se recuperó de un cáncer, se mantuvo erecto cuando el poder oportunista lo quiso aplastar y nada dos kilómetros cuatro veces a la semana para mantener a raya el paso del tiempo.

Después de la escritura la mente y el corazón de Pérez Gay quedan como una sala aireada que recibe la visita de quienes se fueron antes.

“Mis padres murieron hace 15 años; mi hermano, hace 10 y a veces vienen. Si se trata de escritores, debemos tener su obra; el gran Milan Kundera acaba de partir y yo tengo sus libros bien leídos y subrayados; una vez hablamos por teléfono, yo con voz temblorosa en un francés roto; después me escribió una carta”, confiesa.

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