Cuando la apertura supone un mayor riesgo de contagio a empleados esenciales

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Vista de una calle vacía debido al coronavirus, en el centro de Tucson en Arizona (EE.UU.). EFE/ María León/Archivo

Phoenix (AZ), 15 may (EFE News).- Son los llamados trabajadores “esenciales”. Miles de latinos no dejaron de laborar en restaurantes, supermercados, gasolineras o transporte público, a pesar del miedo a enfermar, pero ahora que la economía se abre ese temor se acrecienta porque la afluencia de clientes es mayor y con ellos también el riesgo de contagio.
Fabiola Vargas, quien trabaja en Phoenix (Arizona) para la cadena de restaurantes Chick-fil-A, fue una de las trabajadoras que nunca suspendió su faena, y, como explica a Efe, la mayoría del personal que continuó con sus labores era de origen latino: “Sacamos adelante la cocina en los meses más críticos”.
Antes de la crisis, el restaurante brindaba trabajo a noventa empleados, durante los meses de marzo y abril, trabajaron diez empleados, siete de ellos en la cocina para sacar los pedidos para llevar.
“Imagínate ahora que van a regresar los demás a trabajar, es un temor porque no sabemos quiénes están enfermos o no. La mayoría de los empleados son estudiantes que no tienen responsabilidades de familia o hijos”, indica.
A esta intranquilidad se suma la de la apertura del comedor, lo que traerá un tráfico de personas que podrían ser asintomáticas. Es un “peligro”, dice, aunque van a “respetar el protocolo” de dejar mayor espacio entre los clientes.
SECTOR SERVICIOS
Vargas es parte de esa gran cantidad de hispanos que trabaja en el comercio y en el sector servicios, a los que la crisis provocada por la pandemia está afectando con dureza tanto en lo económico como en la salud, con una presencia desproporcionada de latinos (28 %) entre los más de 1,3 millones de casos confirmados y los 84.000 decesos por coronavirus, según cifras oficiales.
De acuerdo a datos del Pew Research Center, pocos pueden trabajar desde su casa y forman parte de la industria de producción alimenticia, de salud, construcción, cuidado personal, limpieza o transporte.
Con la consigna “Voy con Cristo, sino regreso estoy con él”, Jorge Zaldivar, de 61 años, nunca cerró su taller mecánico y lejos de paralizarse por el temor al COVID-19 continuó labores, pese a no contar con seguro médico y ni estatus migratorio.
Para el dueño de un taller desde hace una década en Phoenix no hubo cheque de apoyo económico del Gobierno federal, pero pudo sobrellevar la actual crisis económica sorteando el peligro en un reducido espacio con otros mecánicos para así atender a un público que sigue necesitando “salir a comprar comida, al doctor, a arreglar sus carros…”.
Los analistas laborales dicen que, al presionar la economía, el virus está exponiendo cuán vulnerables son muchos trabajadores, y no sólo aquellos que viven al día.
“SI NO NOS MATA EL CORONAVIRUS, LO HARÁ EL CLORO”
Karina Sadler, vicepresidente de la empresa de reclutadores de trabajadores Staffing Specialist, con sede en Phoenix, dice a Efe que la compañía fue considerada de empleados esenciales porque trabajan con compañías relacionadas con el Departamento de Defensa y los gobiernos de distintas ciudades de Arizona.
“Como compañía que proveemos servicios tenemos que estar entrevistando diariamente a decenas de empleados, y con los miles de desempleados este trabajo no para. Les digo a mis compañeras a manera de broma que si no nos mata el coronavirus, lo hará el cloro” con el que limpian a fondo su oficina, comenta con humor.
La mexicana es consciente de que la reapertura de la economía de Arizona, como la otros muchos estados del país, conllevará más trabajo y por ende más contacto con los solicitantes de empleo, lo que, asegura, las expone más a un posible contagio, pero ya están “resignados”.
El mexicano Max Rodarte trabaja en el ramo de la construcción y no ha dejado de hacerlo desde que inició la pandemia del coronavirus. Por temor a contagiarse e infectar a su familia acude al trabajo totalmente cubierto, pero asegura que el miedo lejos de desaparecer se ha incrementado al ver que Arizona se reincorpora a una “supuesta normalidad”.
“Diariamente siento miedo, usamos mascarillas, guardamos distancia, nos toman la temperatura, trato de hacer las cosas bien para proteger a mis hijos de 7, 3 y 2 años, pero no me parece bien que abran tan pronto”, dice a Efe este inmigrante de 36 años que llegó a Estados Unidos hace más de una década.
Y es que, como Rodarte, otros empleados considerados indispensables, siguen viendo con recelo los anuncios de los gobernadores de finalizar con la orden de permanecer en casa y reabrir las operaciones numerosos pequeños negocios de cara al público en los que al frente estarán de nuevo miles de hispanos.

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