Hispanos ante la vorágine del odio

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Por David Torres. America´s Voice.

Han empezado a matarnos. Esa es la conclusión a la que llega cualquiera que haya seguido de cerca la crónica de las intimidaciones específicamente contra una comunidad inmigrante como la hispana durante los últimos tres años.

No hay que darle demasiadas vueltas a la difícil situación en la que la retórica presidencial nos ha colocado —inmigrantes o no, ciudadanos o indocumentados— para darnos cuenta de que ese cerco racial se ha ido cerrando cada vez más, hasta niveles inauditos de crueldad, el cual ha llegado a una trágica etapa con la pasada masacre en El Paso, donde murieron 22 personas, tras un atentado en el que el atacante, influido por la retórica antiinmigrante presidencial, iba en busca de “mexicanos” para acribillarlos.

Y todo ello con el fin de erradicar una cultura hispana que se ha ido abriendo paso en esta complicada sociedad en la que nada se le ha dado gratuitamente, pero a la que se ha explotado a diestra y siniestra obligándola a pagar impuestos y contribuir al Seguro Social, sin garantía de recibir, a la postre, beneficio alguno.

Los actuales supremacistas han intentado de todo contra la comunidad hispana, especialmente contra la de color. Desde tipificar como delincuentes a sus integrantes, hasta considerarlos “carga pública” si hacen uso de programas oficiales de ayuda, que precisamente existen para eso; desde separar a niños de sus padres que han venido legalmente a solicitar asilo, hasta negarles los más básicos productos de higiene; desde amenazar con mantenerlos por tiempo indefinido en detención, tratando de poner fin al Acuerdo Flores, hasta proponer el fin de la ciudadanía por nacimiento si los hijos son de padres no ciudadanos o de quienes inmigraron de manera ilegal a Estados Unidos. La Enmienda 14 de la Constitución, sin embargo, sería su principal obstáculo.

El idioma español, por cierto, tampoco se ha salvado durante todo este tiempo de intimidaciones: el más reciente ataque tiene que ver con un grupo de enfermeras puertorriqueñas que alegan haber sido amenazadas con el despido de la clínica donde trabajan en Florida si no dejaban de comunicarse en ese idioma, cuando precisamente las contrataron por ser bilingües, a fin de ayudar a pacientes que prefieren interactuar en español. Según su alegato, esto forma parte de la discriminación que se ha extendido contra trabajadores de habla hispana en la Florida central.

A ello se han venido a sumar también los escalofriantes mensajes del neonazi y seguidor de Trump, Eric Lin, quien amenazó con exterminar a la población hispana, “agradeciendo a Dios” todos los días que Trump es presidente, confiando en que el mandatario lanzará una guerra y una cruzada racial, para rematar diciendo: “Nada me detendrá hasta que tú, tu familia, tus amigos, toda tu despreciable raza latina sea exterminada”. En sus amenazas, por cierto, Lin no hizo distinciones de latinos por preferencias políticas; se refirió a todos por igual.

Esas son apenas algunas puntas del iceberg de la xenofobia latente en que se encuentra Estados Unidos en este momento. Son situaciones que se han ido encadenando hasta conformar una especie de mapa del odio que por lo menos ya derramó sangre inocente en Texas, y cuyo rastro al parecer se seguirá extendiendo conforme el discurso antiinmigrante suba de tono en busca del voto supremacista.

Por lo pronto, la Casa Blanca y los asesores que trabajan actualmente en ella no parecen dispuestos a cambiar su estrategia de intimidación, mientras la clase política en general solo parece acomodarse a las circunstancias electorales para ganar nuevos cotos de poder.

Pero el momento racial que vive la historia de Estados Unidos debería ser ya un foco rojo para indicar el alto nivel de peligro en que se encuentra una comunidad amenazada como la hispana y cuyos enemigos siguen al acecho, en espera siempre de la primera oportunidad para manifestar su odio de manera violenta, sin importales que con esas acciones destruyan al mismo tiempo el experimento social que ha sido esta nación, pero que ahora mismo empieza a diluirse por la cloaca del racismo.

No darse cuenta de que han empezado a matarnos es vivir ajeno a la vorágine de odio que se ha desatado a partir de la retórica antiinmigrante oficial. Lo más preocupante es que la defensa de la integridad física de nuestras familias tendrá que sumarse como una más de las adversidades con las que se tiene que lidiar en este presente tan temerariamente turbulento.

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